FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO 2014 LES DESEAN LOS CUENTACUENTOS DE SANTA PALABRA

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Un texto de navidad…

La mujer levantó los ojos y se encontró con Don Guillermo, un campesino que se lo había tragado un espanto en una montaña. Ella era un poco extraña, era princesa de un reino lejano, pero se había casado con un tal Cosiaca y ahora vivía en un pueblo perdido de Antioquia. La verdad es que los dos no se conocían, pero les tocó sentarse uno junto al otro en una sala de espera. Los habían citado en la oficina de Atención al Cuento porque les iban a brindar la última programación de fin de año y vacaciones, organizada por Santa Palabra, y en donde El Santo y Fraga los contarían de nuevo. Los estaban haciendo pasar uno por uno delante de una señorita que sonreía dulcemente…

– ¡Eh, llevan como tres horas atendiendo a ese Chivo tartamudo! – Habló Don Guillermo para toda la sala de espera y algunos asintieron con la cabeza.

– Sí, pero es que le están preguntando dónde fue contado y la lista va larga –dijo la princesa.

– Pero… ¿es que no hay un formulario para que llene, o también le tartamudea el casco a esa coscorria?

Quedaron en silencio un rato, cada uno reuniendo paciencia. Del chivo pasó un taxista y, a cambio de la información sobre las noches que sería contado, respondió alegando, dizque por plata. En voz alta decía que con cada vez que lo contaban a él se le debía más plata, que le dijeran al muchacho ese, que tiene el mismo nombre del cuentero, que no se vuele, que estoy cansado de lo mismo, de la monotonía de verlo salir de una fiesta para subirse al taxi y luego verlo bajarse a toda, corriendo por perseguir una jovencita y sin pagarle. La señorita de Atención al Cuento trató de calmarlo y en eso se le fue una hora más. Y los demás también se iban desesperando, hasta que Don Guillermo, que no aguantaba más, se levantó y les habló a todos.

– Señoras y señoritas, caballeros presentes, animales, bichos, seres mágicos vivos y demás. A mí se me hace muy de mal gusto que no nos atiendan rápido, yo creo que deberíamos hacer huelga esta semana y no dejar que nos vuelvan a contar hasta que se nos dé un trato digno, se nos brinde descanso, mejor salario, con una prima buena y que nos quiera bastante. ¿Sí o no…? Además que se nos alteren los destinos, los finales, que yo estoy cansado de que me coma el espanto allá en la montaña.

– Yo pienso igual –dijo la princesa. – A mí no me gusta eso de ser tan peluda, que se burlen de mí y que luego me ofrezcan una cuchilla de afeitar y tam-bi-én el ve-lo me pi-ca… – y se desprendió en llanto.

– Yo creo también, si me permiten decirlo, en mi calidad de profesor de Cálculo tres, que deberíamos establecer una regla matemática…

– Un momento – y habló un fantasma de esos que usan pantalón y gorrita como las de antes. – A mí no me parece que estemos molestos, porque nos cuentan mucho o poco, o por nuestros destinos, a la larga si no es por esos cuenteros ni se enteran de nuestra existencia. Amen y permitan que se les ame ahora…

– ¡Cieeeerto! –dijo Antonio el bobo. – Sin los cuentacuentos no me conocerían a mí.

– Totalmente de acuerdo –dijo un hipopótama rosada mientras amamantaba a sus hipopotamitos con rayitas amarillas y negritas y alas que podían volar.

– Pero es que a usted bobo le fue bien, igual a usted y a usted. A ninguno acá se lo comieron en una montaña – alegó Don Guillermo.

Y en cuestión de segundos, los unos defendían a los cuenteros y los otros alegaban por sus destinos. Fue una mujer que ya antes había discutido con el Rey Arturo que comenzó una exigencia a la cual todos y todas se unieron sin importar su posición.

– Pues, que vengan los cuenteros…

– ¡Que vengan los cuenteros, que vengan los cuenteros…! – Gritaron todos y todas.

Y comenzaron a repetir eso tantas veces que la oficina de Atención al Cuento llamó a Sergio y en menos de nada éste solucionó. Treinta minutos después Sergio, Fraga y El Santo estaban en la oficina.

– Comprendemos las molestias que tal vez sintieron este año 2013. Ya nos informaron dónde comenzó el asunto así que vamos a contarles algo y si tienen preguntas respondemos y resolvemos – comenzó diciendo Sergio.

– También sabemos que algunos personajes presentes quieren destinos distintos y entendemos. Les pedimos que nos acompañen hasta los primeros días de enero con la mejor actitud, hasta que se acaben las vacaciones, para que los turistas y visitantes los conozcan y ahí sí, les daremos descanso – agregó Fraga.

Luego El Santo dijo:

– Antes de darles la noticia que espero les alegre, quiero decir en nombre de la empresa Santa Palabra que en el 2013 muchas cosas hermosas se lograron gracias a ustedes, personajes valiosos y queridos por nosotros y seguramente por muchos que los escucharon en las presentaciones. A ustedes les consta que este año la familia creció, las amistades se fortalecieron, crecimos como empresa cultural y avanzamos en nuestros procesos académicos y todo fue gracias a ustedes, que nos dieron tranquilidad para lograrlo. Consolidamos nuestro Festival Internacional de Narración Oral en Cali, así mismo Jueves de Cuentos en el Centro Comercial Premier el Limonar, continuamos con nuestra propuesta de cuentacuentos en la Colina de San Antonio y nos acercamos a más empresas e instituciones y quedamos bien, quedamos bien gracia a ustedes. Por eso queremos decirles que, pensando en hacer de ustedes personajes mejores, algunos cuentos descansarán y volverán para el 2014, cuando sean acompañados de un montaje especial, dándoles un merecido reconocimiento en la sala del teatro. Ahora bien, tenemos otra sorpresa. Fraga…

– Como nos contaron que estaban estresados, pues llamamos a todo el público que los conoce para que les dé aliento y resulta que ahora está afuera de esta sala. Yo les propongo que salgamos todos y todas y les deseemos feliz navidad, agradeciéndoles por cada noche, por cada jornada en la que nos acompañaron, por cada complicidad durante el 2013. Les proponemos salir aplaudiendo y gritando muy fuerte para celebrar con ellos, diciéndoles: feliz navidad 2013 y próspero año 2014, con las ganas de tenerlos con nosotros más tiempo.

No hicieron falta más palabras. Fraga, El Santo, Sergio y todos los personajes de los cuentos salieron de la sala aplaudiendo, chiflando, gritando, agradeciendo, sabiendo que cada dificultad siempre se sortea por el respeto y el amor que se tiene a un público que ha sabido acompañarles. Así les dijo Santa Palabra a todos y todas:

¡FELIZ NAVIDAD 2013 Y PRÓSPERO AÑO 2014!

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Cuentero: El Santo – Cuento: Receta diaria.

 Receta diaria

 

NOTA IMPORTANTE: La primera parte de este cuento se encuentra en los libritos que entregamos en la Colina de San Antonio. 

 Continuación…

–          Don Pacho ¿en qué le puedo servir? – le dice el Dios.

–          Señor, vengo porque estoy cansado de que la gente me visite pa’ ponerme problemas.

–          Vea Pachito, yo lo entiendo, a mí siempre viene la gente a ponerme problemas y de verdad que yo muchas veces he querido vender esta tienda; pero dígame, a quién se la vendo, no ve que yo soy el único en este barrio  y además como Yo no hay sino Yo, entonces no hay a quien. Vea Pacho, lo que usted tiene que entender es que usted no vende cosas, sino soluciones y que servir a los demás siempre es mejor que ser servido, por eso tome esta libra de amor, doscientos de paciencia, este machete de astucia por si lo visita algún ladrón, mil de sabiduría y mi tarjeta pa’ que me llame por si necesita un domicilio.

Don Pacho despertó, se tomó el rostro y maldijo porque no recordaba el número ni para hacer el chance… al rato descubrió que no hacía falta, comprendió todo y abrió de nuevo su tienda, más feliz que antes.

Por El Santo (dele “clic”)

El hueco que conectó la herencia de Cervantes (El Santo)

El hueco que conectó la herencia de Cervantes

Cuenta el sabio Cide Hamete Benengeli que así como Don Quijote vivió muchas aventuras de caballería, él y su escudero, en la misma Sierra Morena en donde se habían escondido para huir de la Santa Hermandad, cayeron por un abismo que los arrojó a caminos más lejanos y a aventuras más sorprendentes. No quise yo revelar tan extraordinario viaje antes por temor a que resultara increíble, pero lo cierto es que más vale saber una más de las gloriosas hazañas de nuestro ingenioso hidalgo que quedarse callado y con el pensamiento gritando. Sucedió que nuestro noble caballero, yendo de camino a ninguna parte y ensimismado a causa de Dulcinea, justo después de habérsele roto el corazón a Sancho por haber perdido su jumento, cayó por una abertura extraña. El escudero, por andar concentrado en llenar su estómago y aferrado a la cola de Rocinante para no perderse, no pudo evitar que su amo cayera, como debe hacerlo un buen escudero, por el inmenso hueco que les esperaba en el camino, yéndose con ellos por no soltar la cola del rocín. La caída fue tan larga y el abismo tan oscuro que ambos alcanzaron a cambiar palabras, eso sí, luego de agotar los gritos, siendo Don Quijote  el primero en hablar a su escudero.

–          ¡Sancho, no te alejes de tu amo que presiento esta como una trampa más del sabio encantador Frestón, que no se cansa de ponerme duras pruebas!

–          Ya quisiera yo – dijo Sancho Panza en voz más baja – poder acercarme o más alejarme, pero no soy dueño de mí mesmo y sólo siento un viento fuerte como el que empujó a los molinos cuando usted los tomó por gigantes.

–          ¿Eres testigo de lo que ahora nos sucede y todavía dudas Sancho? – le gritó Don Quijote.

Siguiendo en la caída por fin vieron una luz blanca agrandarse y con toda fuerza, primero el Quijote, luego Rocinante y por último Sancho, cayeron uno encima del otro, en lo que les pareció un bosque más espeso. Afortunadamente la hierba era tan abundante que les recibió como lecho cómodo de rey poderoso, mas el golpe entre ellos fue tan fuerte que, siendo el más molido nuestro hidalgo, pasaron dos días para que despertase.

Sin más alimento que las gotas de agua que Sancho le ponía en la cabeza a su amo, el Caballero de la triste figura  por fin abrió los ojos a la mitad de la segunda noche.  Con dificultad separó sus párpados y hallándose en medio de una aldea, viendo frente a sí a un diminuto hombre que sostenía un plato de madera, no pudo más que pensar lo que le diría enseguida a su escudero.

–          Dime Sancho si es este el infierno que a los caballeros andantes les espera cuando engañados han sido, o si más bien es la cabeza mía que aún cae en los delirios.

–          No sé si sea lo uno o sea lo otro vuesa merced, pero lo cierto es que apenas yo me quité de encima del pobre Rocinante, encontré a veinte destos hombres que visten de tan rara forma. Ya pensaba que eran enemigos suyos cuando uno me tendió la mano y me prestó una falda azul y esta capa rota por la mitad y que por más intentos no he sabido dónde las consiguen, porque si he de agradecer algo es que calienta muy bien.

–          Ayúdame a levantar Sancho Panza – que si bien te han atendido a ti, así tengan mal gusto, no pueden ser enemigos de la caballería, que tiene tan altos deberes como los que esta gente extraña ha mostrado con vosotros al cubrirte con sus atuendos.

Y sin poder intercambiar palabras con tan extraños hombres, porque hablaban lengua extraña, fueron guiados por uno al que los demás le repetían Murbik a cada instante, que les ofreció a ambos un sendero con antorchas. Sin decir palabra porque tiempo no les dieron, caballero y escudero caminaron hasta un espacio abierto, iluminado por las resplandecientes luces del cielo y la luna.

–          Siento, amigo,  – dijo el Quijote en voz baja a su escudero – que no me equivoco cuando digo que yo nací, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de…

–          Perdón vuestra merced – dijo Sancho interrumpiendo – ¿no cree usted que ha repetido ya el mesmo discurso en lo que juntos llevamos andando y que seguro ya hasta Rocinante lo puede repetir igual?

–          Cierto puede ser mi escudero… y a propósito Sancho ¿dónde está mi hermoso rocín?

–          Lo  vi antes de que anocheciere y debo decirle mi amo, que todos están maravillados con él, pues no ha parado de comer destas hierbas como si fueran las más dulces.

–          Siento, sin temor a equivocarme – agregó el hidalgo – que quienes nos rodean son magos de otros reinos. Sin duda saben la noble empresa por nosotros emprendida en el mundo y por eso nos han invitado para conjurarnos, a fin de tener la fuerza necesaria para no desfallecer.

–          Pues más vale que pronto hagan lo que tienen que hacer, que tengo hambre y además ya no quiero esperar para ver la Ínsula que me prometió.

El hombre pequeño les ofreció unas rocas para sentarse y Don Quijote, pensando que esta  era parte de alguna ofrenda a su persona, irguió su cuerpo y sonriendo sin dientes a los que pudo y mucho más al que le decían Murbik, se sentó orgulloso. Cuando todos estaban sentados en círculo, incluido Sancho, alguno pasó un plato de madera al ingenioso hidalgo, lleno de una bebida espesa con plantas muy verdes.

–          ¡Por mi bella Dulcinea recibiré su ofrenda! – y sin pensarlo mucho se pasó un trago largo y luego, sin preguntar, pasó el resto a su escudero.

–          ¡Por mi bella ínsula! – repitió el escudero para no quedarse atrás.

Terminada la bebida, al pasar de un instante, ambos  sintieron fuego que les subía hasta la cabeza y un sonido proveniente del bosque se apoderó de ellos. Don Quijote notó cómo Rocinante se acercaba  y le decía en claro castellano que lo quería, que pronto lo alcanzaba; Sancho se arrastró por la tierra pues se había convertido en oruga,  al momento crujió un poco y se levantó para volar y Don quijote, que había cambiado sus brazos por alas, las agitó un poco para unírsele en el aire. Caballero y escudero volaron, el uno como una bella mariposa y el otro como un liviano pájaro de colores. Desde el cielo Sancho revoloteaba y el Quijote planeaba al ritmo de una voz, la del Murbik, que repetía “Pishimaruk, Pishimaruk, Pishimaruk”. Por fin ambos vieron una intensa luz que se agotaba poco a poco y de nuevo caían por un abismo largo y oscuro. Nuestro Hidalgo, que ya pronto pensaba en todo, fue interrumpido por Sancho que le dijo,

–          ¡Pecador de mí que antes dudé de vuesa merced y ahora he visto cosas tan terribles que preferiría seguir siendo molido a garrotazos!

–          ¿Qué has visto Sancho?

–          He visto lo que ha hecho nuestra herencia con los pueblos de esa bella tierra a la que llamarán Cordillera  y, para tristeza mi señor, faltarán más de mil caballeros andantes para que la gente pueda vivir en paz.

–          Calla Sancho, no digas más que también he visto lo mismo y me arde el corazón  más que la espada de Amadis. Mejor calla todo, que no es prudente dar a pensar a la  gente, que no entenderá nada,  que el escudero de un noble caballero ha perdido la cabeza. Sancho, piensa mejor en esto mientras vamos a ninguna parte, creo, que todo es culpa del bebedizo que nos dieron, seguro era el verdadero bálsamo  de Fiebrás, que, como yo sospechaba, aún me falta precisar bien en su elaboración y efectos.

De nuevo se abrió una luz blanca y cayendo en hierba menos mullida, en el mismo orden, incluido Rocinante, se hallaron otra vez en Sierra Morena.

–          Virtud tienen esos nobles hombres Sancho si lo que escuché de tu jumento es cierto, – agregó Don Quijote pues aún meditaba en mil imágenes que ni Tulio Febres Cordero osó relatar.

–          ¿Qué sabe usted mi señor? – replicó implorando el mancebo.

–          Que pronto lo encontrarías  en manos de un ser que cambiará de formas y de nombres. También que te daré una gran recompensa. Pero ven Sancho Panza, quítate de encima y ayúdame a parar primero, que otras cosas deben ocupar la cabeza y nada más de lo que ya sé te puedo decir.

–          Si usted lo dice mi amo, será por algo, lo único que lamento es que no pude quedarme con las prendas que tan curiosas me quedaban.

–          Ya está visto Sancho que no hay por qué preocuparse, un día desaparece  algo y luego te lo regresa la vida. Vamos mejor que hay más aventuras por vivir.

Sancho obedeció a Don Quijote y siguió a pié más distraído que antes, pensando en las mil cosas que Don Quijote sabía de su destino y que se había guardado celosamente. Un tiempo más y alzó los ojos para ver a su amo detenido, procurando con la punta del lanzón alzar no sé qué bulto que estaba caído en el suelo…

Por El Santo

Elige tu propia aventura (El Santo)

Hace 5 años terminaba de contar cuentos en la Colina de San Antonio cuando descubrí que habían robado mi maleta. En ella se llevaron dos cuadernos, uno con estudios sobre teología cristiana y el otro con cuentos, una grabadora en Mp3, mi billetera y un libro, uno de los primeros que leí. Los ladrones habían desperdigado hojas sueltas que guardaba entre los cuadernos y pude seguir el rastro un rato, como en Hansel y Gretel, pero las hojas eran pocas y al cabo de dos cuadras perdí totalmente la esperanza. Un robo te ataca la dignidad, trabajar honestamente por algo que otro se lleva tan fácil. Dejé que Dios les hiciera lo suyo (“mía es la venganza” dice) y me propuse remplazar lo perdido para no darle gusto al diablo. No existía ya ninguna posibilidad de recuperar el contenido de los cuadernos y las grabaciones, pero el resto sí tenía alternativa, al cabo de dos meses ya contaba con una mejor grabadora, una mochila nueva, mis papeles, pero el libro resultó difícil de conseguir y me pasé un año preguntándolo. Me lamenté de mil formas por la pérdida del texto, sobre todo por la mala suerte, llevaba años sin tocarlo y justo ese día lo vi en la biblioteca, lo metí en la mochila, para que otro lo robara; a los ocho años me lo regaló una profesora de español y literatura, no una que me hubiera dado clases, sino una amiga de la familia y ahora la situación amenazaba con borrar el objeto que anudaba el recuerdo. El asunto del libro generó una búsqueda intensa, incluso, a costa de ir a preguntar en las librerías del centro, terminé haciendo amistad con un librero que cazaba textos de segunda, sin cobrar nada, sólo por el placer de garantizar lecturas.

–          ¿Ya sabés algo del viaje Dentro del ovni 54, 40? – le repetí más de una vez.

–          Nada – me decía Fernando – pero estoy a ésto – señalando la puntica de su índice.

La dificultad consistía en que la Editorial Atlántida en Buenos Aires dejó de imprimir ese tipo de textos, que fueron un éxito en la década de los 80’s, pero que  ya, al parecer, no les representaba mucho. El mío hacía parte de una colección de libros “elige tu propia aventura”, libros juego en donde el lector puede escoger el destino de su protagonista, porque a la larga, el protagonista es él mismo. Por supuesto el regalo no fue para mí un objeto de colección, sino el inicio que adjudico a mi historia de lector libre; ahora bien, como lector obligado, tengo otra.

Yo era una piquiña en la entrepierna en plena ceremonia de gala, pero a la enésima potencia, hacía daños a toda hora, insoportable. Mi madre, cabeza de hogar, para leer tranquila sus libros, me abrazaba y descargaba en mi regazo los textos impidiéndome cualquier fuga. Leíamos libros de superación personal y los hacía ver tan divertidos que yo comencé mis primeros viajes imaginarios (aún recuerdo el mágico biplano del libro Ilusiones de Richard Bach y al misterioso anciano del Milagro más grande del mundo de Og Mandino). Luego de la estrategia del “encarcelamiento lector” mi madre jugó a algo diferente. Cuando notó que me gustaba leer, comentó con su amiga profesora y ésta la envió a mí con un libro de regaló, el libro robado. Así fue que la estrategia cambio, mi madre leía sus libros y yo los míos, luego comentábamos. Avancé rápido, seguí con Julio Verne, recuerdo mucho laIsla misteriosa y de allí pasé a los cuentos de Ciencia Ficción, todo en mi casa. En el colegio no usaron nada que me atrapara, las lecturas sugeridas por los docentes de literatura que me dieron clases  fueron terribles, sólo me gustó El principito y contaré como torturas, para dejar mi voz de protesta, al inaccesible Cantar del mio Cid y a las novelas colombianas Transito y María, para mí la misma cosa. La lectura siguió, a los dieciocho ya había culminado El Silmarillón de Tolkien y dejaba de estudiar música en el Instituto Popular de Cultura para contar cuentos.

–          ¿Fernando, Sabés algo del libro? – le dije por teléfono.

–          Sí, venite pa’ acá, traete veinte mil pesos.

–          ¿Veinte?

–          Sí, veinte.

Otra historia fue mi relación inicial con la escritura, que también fue por obligación. Como estudiante hacía y escribía lo que me pedían y no existía una cita libre con la letra, tampoco recuerdo en qué momento empecé a reconocer el código. Hablaré entonces del comienzo de escritura libre y citaré a las novias en la adolescencia como fuerza motivadora, ellas abrieron mis primeros textos en los cuales probé a ordenar las palabras buscando algo de belleza. Realmente sólo fue hasta mis veinte años, cuando ya contaba cuentos, que definí una preocupación real por la escritura de ficciones, específicamente de cuentos. Al comienzo fue muy difícil, yo era lento para eso, o por lo menos más que ahora, no ponía tildes, no sabía de tiempos, de cesiones de voz, escribía chorreras de palabras desorganizadas, era un caos. La barrera grande estaba en mi educación, estudié en un colegio técnico industrial y sabía más de herramientas que de tildes. Una atarraja, un machuelo, un ánodo, un cátodo, una cizalla,  un torno… pasé por mil talleres pero ninguno de escritura. Por más de que ya hubiese fabricado ficciones en mi cabeza para contarlas en público con algo de éxito, descubrí que no podía avanzar en la complejidad sin hacer una planeación de los relatos. Entonces comencé a escribir, a organizar y a preguntarme cómo funcionaban algunos textos.

–          ¿Aló?… ¿Fernando? Ve, es que no puedo ir hoy, es que no reuní las veinte lucas, pero guardame el libro hasta el lunes que este finde recojo la plata.

–          Listo, acá te guardo el libro o me decís si te lo llevó a la colina – me respondió.

–          No, yo voy allá, fresco.

Volviendo al libro perdido, a mí, la estrategia de leer jugando me había parecido excelente, yo había comenzado a leer más desde que había llegado a mis manos uno de ellos y pensaba (y pienso) en lo importante de compartir la experiencia con algunos niños. Le había contado a Fernando lo mismo y él se había unido muy especialmente a la causa,  por eso también respondía emocionado, de hecho, cuando le conté que pensaba escribir uno para adultos me comprometió con una copia y me juró, a cambio, encontrarlo. No sé los demás, pero cuando me encuentro con un libro que me gusta surge el impulso inevitable de ponerme a escribir, como un reflejo y ese libro me motivó a crear un mundo más para jugar.

Ahora la lectura y le escritura se anudan diariamente, pero a ésta última se le sumó una importancia adicional y que va relacionada con mi oficio, una idea que reforzó mi intención de poner todo en el papel: proteger mi trabajo de los que también cuentan cuentos y que esperan como gallinazos a que otros hagan el trabajo, para luego adjudicarse el triunfo creativo. Así aprendí a proteger mi voz con la letra, y me tocó en computadora, una ventaja perezosa, el programa procesador de texto corrige las tildes, te hace saber de concordancias de géneros o números y notablemente resulta más fácil la edición. En ese contexto llevo la letra y hoy, sin lugar a dudas, se convirtió en un momento de fiesta en la aventura diaria. Así como en los libros juego, pude elegir en alguna parte del camino no seguir con labores de fabricación de puertas, o de mecánico, o de electricista y salté a la página en la que decía “cuenta cuentos”. Esa elección desembocó en potencializar la lectura, en entrenarme en la escritura y en una reflexión sobre el oficio del narrador de historias. Hoy no dudo, por eso me encuentro estudiando Licenciatura en Literatura, que los narradores orales de ficciones deben profundizar en la lectura de la Literatura Universal, deben comprender los mecanismos de los relatos para hacerlos impactantes al traerlos a la oralidad y deben entender, sobre todo, que el camino para ello es la escritura y reescritura.

–          ¡Fernando!… Ve, ya voy por el Ovni 54,40.

–          Listo, acá te espero, hacele pues, que ya estoy que vendo ese libro, ya llevás un mes y no venís, se lo va a comer la polilla.

–          Nada, fresco, en ésta sí voy, sacudilo pa’ que la polilla aguante hambre.

Apenas entré a la librería sacó diez libros y los puso en el mostrador.

–          ¡Mirá lo que hizo la polilla, los multiplicó! – y se rió.

–          ¡Fercho, doscientas lucas!

–          Te los dejo a dos mil cada uno, que a la final yo no tengo nada que ver con la polilla. Me traés el tuyo cuando lo terminés – me dijo.

Por El Santo

El detonante del relato (El Santo)

El detonante del relato

“todos los niños hablan a sus juguetes;
sus juguetes se convierten en
actores del gran drama
de la vida…”
Charles Baudelaire [1]

             Estaba yo pensando en el porqué de mi incursión en el oficio milenario de contar, en la razón por la cual me hallaba inscrito en la idea de construir historias oralmente, cuando se acercó mi madre por la espalda. Llegaba con un carro de juguete, una Ford 56, dándome una sorpresa que inevitablemente disolvió mis ojos en las mejillas (sin escándalo, así, sollozando en secreto, cuando ella ya estaba lejos). Ya tengo veintisiete años pero, ante tal regalo, fue inevitable recordar la relación que tuve con mis carritos en la infancia y la forma en que mi madre adecuó el escenario para que yo creara de mi colección de vehículos un universo. Luego me senté un rato a divagar sobre las consecuencias de aquellos juegos y el recuerdo, amarrado a algunas lecturas recientes, suscitó preguntas. ¿Fueron los juguetes los que dieron origen a mis primeras ficciones? Y, ¿son los juguetes los que generan esos discursos o estás construcciones discursivas obedecen a raíces anteriores?

Así fue que conjugué algunos nombres famosos para esta disertación. Roland Barthes[2], en su ensayo Juguetes, nos dice: “El juguete entrega el catálogo de todo aquello que no asombra al adulto”, para decir más adelante, al desarrollar esta idea, que los juguetes “condicionan” nuestra labor futura en el mundo. Algo así como decir que al niño que le regalan palas lo harán sepulturero. Olvidándonos de la caricatura del sepulturero, pero siguiendo el mismo orden, resulta lógico decir también que el juguete condiciona la producción de discurso en el infante y que es ese discurso el reflejo anticipado de lo que será de adulto.  Ahora bien, no pude evitar, por consecuencia, el viaje interno hacía mi infancia y descubro otros orígenes, otra relación con el juguete-objeto y que se opone a la visión de Barthes.

Veamos. Mi infancia no estuvo llena de lujos pero tampoco fue una infancia pobre, quizás porque me transmitieron que la pobreza es más bien un estado mental y que no tiene relación con los objetos acumulados. Mi madre esperaba a final de mes (mi padre siempre ausente) a que el salario le alcanzara para llevarme al supermercado, a la sección de juguetes y allí verme escoger, entre tres o cuatro carritos, solo uno, porque el dinero no alcanzaba para más. No escogía por marcas, recuerdo que me aferraba a cualquiera, en una especie de conexión que no logro recordar. Asocio libremente el fragmento de Hernando Téllez[3], en el que dice cómo el niño “afirma de la misma manera, su prodigiosa ternura por una persona o juguete, por un desaprovechado trozo de madera, por un inservible artefacto”, sin inconveniente alguno, por puro afecto de su voluntad [4].

Recuerdo que llegaba a mi cuarto corriendo para treparme descalzo en el primer piso de mi camarote, mirando desde allí la abertura que había entre las tablas separadas en dos grupos, en un segundo piso sin colchón, para salir por debajo como un “todopoderoso” sobre la magnífica polis que había fabricado con cualquier cosa. Dos reglas metálicas, a manera e puentes, unían las dos partes. El nuevo vehículo entraba en escena y con él, un nuevo personaje y yo, lleno de esa ansiedad por jugar que naturalmente se desata en un niño cuando tiene el nuevo juguete en sus manos. Entonces, con esa idea de Dios, revelaba a “los buenos” la guarida de “los malos” mediante alguna extraña casualidad o de manera insólita.

Ahora pienso en Bruno Bettelheim[5]  y encuentro una guía más clara que la de Barthes al decir, parafraseándolo un poco, que los cuentos de hadas nos ayudan de niños a comprender la relación con el mundo, sus reglas, ¡el canon!, y son quienes inicialmente sirven de modelo. Por supuesto a un niño de mi generación, menos a los de la actual, no le influencian únicamente los cuentos de hadas. Seguramente los relatos familiares de forma oral, la televisión, la radio, esos primeros discursos que configuraron mi mundo y que condicionaron las primeras historias. En consecuencia, por ejemplo, los carros más bonitos pertenecían a los personajes buenos y los más feos eran los malos.  ¿Cuántos paradigmas más podría encontrar en mis relatos provenientes de otras partes?… Definitivamente esa Semilla Inmortal[6] que prevalece.

Vamos a la acción de mis relatos, con sus aderezos y condimentos.  Es la lucha entre el bien y el mal mezclada con la pirotecnia propia de las películas y series de acción que veían mis hermanos mayores por la televisión. El argumento casi siempre igual, intriga, descubrimiento, acción, desenlace feliz. Ejemplo: algo malo pasa, la investigación lleva a los buenos a la guarida de los malos. Una gran persecución se desata, los buenos a punto de ser vencidos, ¡no puede ser!… giros de vehículos en el aire al brincar una rampa, tiroteos (veinte versiones de Rápido y Furioso[7]). Algo inesperado, un camión de Coca-Cola, de esos que se cambiaban por tapas, camufla en su interior la maldad; las aguas negras del imperio Yankee dejan salir un misil y todo parece perdido, pero… el nuevo carro, tal vez un Majorette, un Hot Weels o algún otro que rueda sin padre, sin género, sin herencia o inspiración clara, aparece para salvar a todos y tejer una amistad infinita. ¡Los buenos al final siempre ganan, Bettelheim tenía razón!

De esta manera con el lenguaje mismo enseñamos a construir historias. Los niños y niñas se hacen a la idea del mundo por medio de ese conjunto de palabras que les transmitimos (en esa oralidad familiar o bajo esa descarga de medios audiovisuales) y así lo enfrentarán cuando sean adultos. Son esos relatos los que condicionan el objeto y no es el juguete-objeto, aunque sea efectivamente un “microcosmos del mundo adulto” como afirma Barthes, el que define la producción de esos discursos. Por supuesto, en mi caso, y tal vez en el de muchos, en la forma en que aparecieron los juguetes se define el detonante que hizo fluir las primeras ficciones. Ahora bien, acepto esta concesión, si hemos de estar sujetos será al mismo lenguaje, al que irremediablemente estoy y estaré sujeto por esa herencia cultural que fue transmitida a través de él. Así, gracias al amor materno, me encuentro de nuevo ante una razón más por la cual soy cuentero.

(En este punto me levantaré de mi asiento, dejaré el teclado de mi computadora y caminaré al cuarto de mi madre, le abrazaré fuerte (para eso no hay teoría necesaria) y con eso comprimiré un agradecimiento, el más grande, a la mujer que proporcionó el detonante de mis relatos.)

Por El Santo


[1] BOUDELAIRE, Charles. La moral del Juguete. Artículo aparecido en Le Monde Litteraire el 17 de abril de 1853
[2] BARTHES, Roland. Mitologías. Ensayo: Juguetes.
[3] TÉLLEZ, Hernando.  Luces en el Bosque. Texto: Bagatela sobre la infancia.
[4] Texto Biblico. Efesios 1:5. Fragmento que se refiera a las determinaciones de Dios, un parecido a “porque se le dio la gana”.
[5] BETTELHEIN, Bruno. Escritor y psicólogo infantil que desarrolló varias disertaciones acerca del psicoanálisis de los cuentos de hadas.
[6] BALLÓ J. / PÉREZ X. La semilla inmortal. Texto sobre los argumentos universales en el cine.
[7] Películas de acción basadas en los vehículos de velocidad. La primera salió al público en 2001.